¿Por qué este blog?



«Mi padre me regaló un diario y comencé a escribir mis reflexiones infantiles. Aquella manía de relatar las cosas se transformó en largas cartas que enviaba a mis amigos desde Nueva York, décadas después. Luego me convertí en bibliotecaria. Los libros, las letras, siempre han estado a mi alrededor.
Leer es mi constante, escribir es mi placer».

jueves, 18 de junio de 2015

Artículo del Museo Dolinka (Huída en una maleta agujereada).

Transcribo el artículo que está alojado en el Museo Dolinka (Karagandá) el cual hemos conseguido traducir lo más fielmente posible. El texto narra el porqué de las condenas de Pedro Cepeda y el doctor Julián Fuster, y creo que no tiene desperdicio, considerándolo de un gran valor histórico.
Huída en una maleta agujereada.
Pedro Cepeda Sánchez llegó a Moscú en 1937, cuando todavía no había cumplido ni 15 años. Vivió en una “Casa de niños” y, años más tarde, unos amigos soviéticos le ayudaron a conseguir trabajo de engrasador de máquinas textiles. Tras sufrir durante dos años con el ‘Tabot’ y el ‘Solidol’, (productos lubricantes), le permitieron que llegase a ser electricista. Pero he aquí que la naturaleza le había concedido no solamente belleza sino también una buena voz. Tan buena, que le invitaron a participar en el coro del Teatro Stanislavsky. Paralelamente, estudiaba en la Escuela Musical del Conservatorio de Moscú.
En el mes de junio de 1946 se abrieron las relaciones diplomáticas con Argentina. Del otro lado del océano llegaron diplomáticos, que no entendían ni una sola palabra en ruso y los españoles emigrados, que no habían olvidado su idioma materno y hablaban perfectamente el ruso, no tardaron en enterarse de aquello.
Encontrándose en una situación económica precaria, se presentó para pedir trabajo en la Embajada el ex engrasador de máquinas textiles, y el que, por aquel entonces era un joven cantante del Teatro de la Ópera. Ese fue su primer paso hacia el camino del GULAG.

¿Saben de qué le acusaron? De llevar a los argentinos a los comedores moscovitas y a las tiendas de productos alimenticios intentando enseñarles las miserias de la Unión Soviética, fotografiando las colas, los patios sucios y a los mendigos. A todo esto se le llamaba “comportamiento antisoviético”.
Pedro reconoció el hecho de intentar escapar al extranjero y, además, tenía el agravante de que, al revés que otros españoles, él sí tenía la ciudadanía soviética. Por eso, se convirtió en un “traidor a la patria” automáticamente. Esta acusación conllevaba una condena de las más duras. Si no hubiese sido el año 1948 y hubiese sido el 37, el pobre Pedro no hubiera podido evitar su fusilamiento. Aún así, recibió la pena máxima que se daba por aquellos días: 25 años de internamientos en los Campos de Trabajo.
Estudiando su caso, no puedo entender el porqué le castigaron tan duramente. No creo que fuese por fotografiar los comedores ni a los indigentes, y menos aún por el intento fallido de huida, en la estuvo dentro del baúl cuatro horas bajo el frío glacial que le terminó por acarrerar severo resfriado. Fue cuando encontré en una de las carpetas, cuatro hojas y media de un texto español, y su traducción al ruso, cuando todo me quedó claro: sabiendo cuál era el punto de vista de los dirigentes del PCE y el de la Unión Soviética, los 25 años de condena eran incluso poco, conociendo el contenido de aquellos documentos.
Empezaba con una nota sobre los “buenos y malos” españoles. Unos vivían a cuerpo de rey y otros soñaban con irse a su casa. He aquí parte de lo que se decía:

"Dándome cuenta de que la caída de Franco estaba unida a la derrota de Hitler, vi que muchos españoles lucharon valientemente en los Frentes, combatiendo en las filas de partisanos de Bielorrusia, Crimea y el Cáucaso. Un gran número de españoles lucharon bajo el mando de ineptos oficiales soviéticos y cayeron prisioneros de los alemanes. Aquello fue un escándalo, y Dolores Ibárruri dio la orden de no dejar alistarse a más españoles en el Frente. Durante mucho tiempo, les retuvieron en Moscú, utilizándolos para trabajar en los aserraderos. Y, mientras tanto, sus esposas e hijos que se encontraban concentrados en Asia Central estaban muriendo de hambre. Tan solo en Kokand (Uzbekistán) perecieron 52 "niños de la guerra”. El hambre era terrible. Los perros y gatos se consideraban comida exquisita. Para dar de comer a los hijos, muchas españolas se tuvieron que prostituir, sin embargo, en la cúpula del Partido, al mando de Ibárruri, vivían en Ufá (Baskiria) sin faltarles nada. En las “Casas de niños” donde vivían los españoles había mucha tuberculosis; unos morían y otros, para no perecer, organizaban bandas criminales dedicándose a los robos y a los atracos. 

Cuando el ex-ministro Hernández llegó a Moscú por petición del Partido, y habló sobre la situación de los "niños" españoles, diciendo que la culpable de todo era Ibárruri, le hicieron traidor de inmediato.

Acabada la guerra, empezó una peregrinación solicitando visado para emigrar a los países sudamericanos. Cerca de 150 españoles consiguieron salir del país, pero los responsables del Partido organizaron una campaña en contra de la salida de los españoles de la URSS. Algunos escribieron cartas a Stalin y a Mólotov, quejándose de Ibárruri. Curiosamente, estas personas desaparecieron después. Algunos de ellos, no pudiendo soportar la persecución, acabaron suicidándose. Uno fue el trabajador de la fábrica de aviones, Florentino Meana. 

Esperanzas para un futuro mejor, ninguna. Vivimos como prisioneros. No hay nada más humillante que estar viviendo en un país con una dictadura despiadada, trabajando como esclavos y con una rotunda falta de perspectivas”.
Sin embargo, lo más extraño, es que estas notas no le fueron encontrados a Pedro sino al Doctor Fuster, a quien también detuvieron el 8 de enero del año 1948.

Le acusaron de que incitaba a hacer propaganda antisoviética sistemáticamente entre los trabajadores de los hospitales de Moscú, hablando reiteradamente de la falta de democracia de la Unión Soviética, y calumniando a una parte de la intelectualidad del país. Además, alababa la vida en el extranjero, y utilizaba su posición laboral para enriquecerse haciendo abortos clandestinos. Mantenía contacto con los representantes de la Embajada argentina y les pasaba información que recibían de los españoles que vivían en Moscú.

— ¿Y por qué quería usted abandonar la Unión Soviética —se interesó el juez investigador.
— Porque la vida aquí es insoportable. ¡Aquí todo me es ajeno y hostil! —gritó Fuster —. No tengo por qué ocultar que yo también soy hostil al régimen que existe en este país. Nunca lo he ocultado, ya lo había comunicado.
— ¿A quién no se lo ocultaba? ¿Con quién ha comentado sus ideas antisoviéticas? —preguntó sibilinamente el investigador.
— ¿Con quién? Para empezar con el que luchó conmigo en la Guerra Civil Española, Ramos. Nos conocimos desde los tiempos de la Universidad, y luego luchamos juntos. Él era el jefe del Cuerpo 18 y yo el médico de la unidad. Ahora trabaja en una fábrica de aviones.
— Bien, bien. ¿Y qué es lo que hacía usted en tiempos de la guerra?
— Trabajaba en mi especialidad, como jefe de cirugía en el Hospital Militar de Uliánovsk, y después en el Hospital Central, en la NKPS, más conocido como Hospital Ferroviario. Ahora, en los últimos tiempos, en el Instituto de Neurocirugía.
— ¿Y qué hay de los abortos ilegales? ¿Cuántos hizo usted y por cuánto dinero?
— ¿Pero de qué dinero estamos hablando? —hizo un ademán con la mano restándole importancia. —Eran mujeres desgraciadas, y por supuesto, todas españolas. No tenían con qué mantener a los hijos y vinieron para que las ayudara. Los abortos los hacía bajo condiciones higiénicas y sanitarias del hospital y solo fueron cuatro veces. Entiendo que esto no está permitido, pero no podía negarme.
— De acuerdo, está bien —dijo el juez—, los abortos no tienen que ver con nuestro cometido. Respóndame mejor a lo siguiente —miró la documentación— ¿Estas palabras son suyas?: “En la Unión Soviética, por cualquier comentario dirigido hacia el Estado, pueden tomar medidas represivas...” y, más adelante “...las elecciones al Soviet Supremo se celebran bajo la opresión y falta de libertad democrática”.
— Sí, son mías —contestó Fuster—. Interesante, ¿cómo lo sabe? Porque yo esto tan solo lo he comentado delante de dos o tres personas de mi confianza.
— Porque ellos no solamente eran sus amigos, también eran los nuestros —. Sonrió irónicamente el investigador, mientras hurgaba en los papeles.
— ¿No sería usted tan amable de traducirme esta carta? —le entregó unas cuantas hojas —. Están escritas en español y nuestro traductor está de vacaciones.
— ¿Por qué no? Con mucho gusto —sonrió Fuster. Pero cuando tomó los documentos, la sonrisa se le esfumó de la cara y comenzó a palidecer, reconociendo su propia letra.
— ¿Me permite un lápiz? —pudo apenas pedir.
— ¿Para qué? Lea en voz alta. Esto lo escribió usted para un oyente, y yo ahora estoy escuchando.
“Querida hermana:
Te escribo en un momento en el que no sé qué va a ocurrir conmigo mañana.
Dos españoles que trabajaban conmigo en la Embajada argentina, como no conseguían que les dieran visado, se pusieron de acuerdo con dos diplomáticos, para viajar en avión, escondidos dentro de sus maletas. Tuñón consiguió salir, pero Cepeda se quedó en tierra porque no había dinero para pagar el exceso de equipaje. Cuando estaban volando, Tuñón empezó a ahogarse y a golpear el baúl. Naturalmente, lo encontraron y lo detuvieron.
A Cepeda lo arrestaron al día siguiente y estoy pensando que a mí me detendrán también. Si me ocurriera algo, recibirás esta carta. Oculta la triste noticia a nuestros padres porque podrían morir de pena”.
Fuster dejó de leer y comenzó a llorar. Entonces el investigador le ofreció un cigarrillo, agua fresca y té, pero Fuster no podía parar, inconsolable.
— ¿Por qué no actúa como un verdadero hombre? ¿Hizo mal? Pues apechugue.
— ¿Qué no soy un hombre? —respondió con el orgullo español tocado.

— No lloro por mí. He pasado dos guerras y, como cirujano, he visto toda la sangre que tenía que ver y qué es lo que significa la muerte. Lo sé mucho mejor que usted. Pero hace diez años que no veo a mis padres. Habrán envejecido, y van a desaparecer sin mí. Toda la culpa la tienen ellos, los jefes del Partido. ¡Que se los lleve el demonio!
— Stop —cerró la carpeta el juez—. Continuemos con la lectura.
— De acuerdo —se sonó, tal que un crío —. Sigamos: “A los camaradas, cuéntales todo lo que ha pasado para que sepan cómo nos tratan aquí. La culpa de todo lo que ocurre la tiene los dirigentes criminales del Partido Comunista español que son agentes vendidos a Moscú —dijo ahora con ojos brillantes y, siguió con fuerzaHe aquí sus nombres: Dolores Ibárruri, que sea maldito su nombre y que se coman sus huesos los perros. José Uribe, Carlos Rebelión-Claudín, Vicente Uribe y De Diego. Estas personas no podrán salir de Rusia nunca, porque cualquier español considerará un honor matar a esta gente”.
— Si, ya veo que le ha tocado la fibra sensible —miró ahora de diferente modo el juez a Fuster —. Es interesante… ¿Hay muchos españoles que firmarían de estas palabras?
— Casi todos —contestó rotundo—, menos los que están comiendo de la sopa boba.
— Bien, termine. ¿Qué es lo que pasa con la esposa de Roosevelt? —preguntó  en español el que investigaba.
— ¿Cómo? —se sorprendió el doctor, levantándose de la silla ligeramente— ¿Sabe hablar español? ¿Había leído ya esta carta?... Entonces ¿para qué me hace traducirla?
— Para que se sienta usted persona y se vea a sí mismo desde el otro lado de la barrera, leyendo esta carta que nunca fue enviada. ¡Héroe! ¡Matador! ¡Bien hecho! ¿No se arrepiente de sus palabras? ¿Confiesa entonces que escribió todo esto? ¿Lo ha escrito usted mismo o se lo ha dictado alguien?
— Lo que faltaba —se dio cuenta de la trampa Fuster—. Yo mismo lo redacté, lo escribí, y yo mismo voy a responder de esto.
Y tras una pausa, prosiguió el interrogatorio: — Bueno, comprendo. ¿Y qué quiere decir con eso de la mujer de Roosevelt?
— Nada en particular —se desconcertó Fuster— le pido a mi hermana que le hable de mis problemas a nuestro cónsul en México y a los defensores de los derechos humanos, en este caso, a la mujer de Roosevelt.
— Ahora lo entiendo todo —contestó el investigador con malicia— yo pensaba que usted la conocía. — Después, frunció el ceño y apretó los nudillos hasta dejarlos blancos —. Lea las últimas líneas con sentimiento.

Fuster languideció, esbozó media sonrisa y después, se sobrepuso: “Hoy la víctima fue Tuñón pero mañana pueden haber otros. Todos callan, no tenemos derechos. No hay que oponerse a nada —carraspeó— si le dices esto al criminal de Franco, siendo un español, no traicionaría a los suyos”.  


Fuster tiró la carta y fijó la mirada en una mosca que estaba apresada en una tela de araña.
En el despacho, se instauró un silencio denso y pesado. Finalmente, el investigador, recogió los papeles con cara de amargura y ladeó la cabeza, negando. Después, con un tono que nada tenía que ver con su estatus le preguntó: — ¿No le da vergüenza? Una persona adulta, una persona intelectual, un soldado, habiendo luchado por la España republicana, va y le extiende la mano a Franco,ese que mató a miles de sus camaradas. ¿No se retracta de sus palabras? Seguramente esto lo escribió en un momento de desesperación. ¿No se arrepiente de haberle tendido la mano al verdugo de Franco? —parecía como si el investigador quisiera ayudarle de alguna manera.
— No me arrepiento de nada y no me retracto de mis palabras. Franco, aunque sea un verdugo, como usted lo llama, después de todo lo que yo he visto aquí, me parece un enano con un hacha pequeña.

— ¡Ay, ay, Fuster!— volvió a mover la cabeza— El tribunal le va a dar la condena más alta y, además, tendrán razón.