¿Por qué este blog?



«Mi padre me regaló un diario y comencé a escribir mis reflexiones infantiles. Aquella manía de relatar las cosas se transformó en largas cartas que enviaba a mis amigos desde Nueva York, décadas después. Luego me convertí en bibliotecaria. Los libros, las letras, siempre han estado a mi alrededor.
Leer es mi constante, escribir es mi placer».

viernes, 17 de abril de 2015

Artículo del desaparecido "Diario Madrid" por Pedro Cepeda: "El hijo de «La Pasionaria»".

Este artículo fue escrito por Pedro Cepeda en el Diario Madrid, el 13 de agosto de 1971. Conseguí localizarlo después de haber mandado «Harina de otro costal» a imprenta y creo que tiene un valor histórico contundente.  
(Imagen sacada de Internet)

ESPAÑOLES QUE TRIUNFARON EN LA URSS
El hijo de «La Pasionaria». Por Pedro CEPEDA

Rubén Ruiz, héroe de la Unión Soviética.

MOSCÚ – Un sinfín de tranvías pintados de rojo y autobuses del mismo color que paran frente a un viejo palacete de la aristocracia rusa, hace ya años huida del país. El edificio ha sido restaurado. Tiene pórtico romano en su fachada principal, donde no faltan las columnas; está rodeado por un jardincillo con fuerte verja pintada de verde oscuro y forma esquina. La calle se llama Bolsháya Pirogóvskaya, en honor a un célebre cirujano ruso: Pirevog. En la misma esquina, en el pórtico de la entrada al jardín, hay colocado un rótulo de cristal que en ruso y español anuncia: « Casa de Niños Españoles número 7. Ministerio de Instrucción Pública de la URSS»

Aquí residían los primeros cien niños españoles que fueron evacuados de la zona republicana durante la guerra de Liberación de España. Corría el año 1937.

Evacuados.
Eran niños valencianos, madrileños y algún que otro infante de la baja Andalucía. Niños que ya conocían las explosiones de los obuses, de las bombas de aviación, y que cuando ahora sonaba una sirena anunciando la entrada de los obreros a las fábricas cercanas, miraban inquietos aún el cielo gris claro moscovita.

Partieron una mañana fría del mes de abril, a bordo de la motonave “Cabo de Palos”, desde “El Grao” valenciano, para fondear un el puerto de Yalta, ciudad balneario en la costa sur de la península de Crimea.

Atrás había quedado un mundo conocido, propio. Delante había un país inmenso, donde la nieve cubre la mayoría de su extensión geográfica; un continente donde se hablan 109 lenguas y dialectos, y donde el hombre de la calle ora se asemeja al finlandés o al noruego, ora al tipo meridional europeo y las más de las veces a los mongoles de ojos rasgados y pómulos salientes. Eso, por lo menos nos dijeron, y eso mismo creíamos de todo corazón. Éramos los cien primeros españoles evacuados a la Unión Soviética. 

Sin embargo, al llegar al campamento de pioneros de Artek, al mismo pie del monte Ayudak (El Oso, en lengua tártara), en el sur de Crimea, nos encontramos con que la historia era otra. No éramos los primeros. En el mismo Artek se encontraba descansando un diminuto grupo de niños españoles compuestos por los hijos del aviador republicano Bruno, Luly Hidalgo de Cisneros, los hijos de varios altos cargos de la República y Amaya Ruiz Ibárruri, la hija de «La Pasionaria», en aquellos tiempos ya famosa en la Unión Soviética.

Era entonces Amaya una muchachita alta, de piernas delgadas, flacucha de cuerpo, que llevaba el traje de los pioneros soviéticos, o sea el minishort de hoy, una camisa y un pañuelo rojo de tres picos en el cuello. Mientras los cien niños llegados un mes atrás a Artek charlaban sin dificultad en castellano, conservando hasta el acento peculiar de la región donde habían nacido, Amaya Ruiz no daba pie con bola. Ni hablaba castellano ni sus conocimientos de ruso, por lo visto, eran cosa del otro mundo.

Rubén.
Nada parecido ocurrió con su hermano Rubén. Este vascote alto, recio, de grandes manos, simple y bonachón, que encontramos en la Casa de Niños Españoles número siete, de la moscovita calle Bolsháya Pirogóvskaya, al poco tiempo de vivir en ella, y que vino a visitar a su hermana — pues Amaya vivía con nosotros— , a pesar de encontrarse aislado del mundo español, ya que estudiaba en una escuela de Aviación Militar, comenzó a charlar en nuestro idioma por los codos.

Era Rubén Ruiz y así le llamo, pues nunca solía usar el apellido de su madre para presentarse—  un mozalbete listo y, su españolismo salía por los poros de su cuerpo.

Por haber tenido un percance con el avión de entrenamiento, fue dado de baja en el Cuerpo, y en espera de que decidiesen su suerte, se pasaba el día con nosotros, cuatro o cinco muchachos que ya habíamos cumplido los catorce años, dando vueltas y más vueltas por las calles nevadas al comienzo del año 1938.
Un día dejó de venir con nosotros. Después supimos que Rubén Ruiz había regresado a España, aún en guerra.


EL REGRESO

Corrió el tiempo. Comenzaron a llegar a Moscú grupos de españoles, los políticos, que nosotros llamábamos simplemente “mayores” para diferenciarlos de los niños. Era el año 1939.
Un buen día oí entrar en la sala de la Casa de Niños Españoles número 7 de Moscú a nuestro amigo Rubén Ruiz.

De nuevo vestía el uniforme de cadete. Esta vez de la famosa escuela llamada T.S.I.K., en siglas rusas, fundada en los viejos tiempos de la revolución comunista en Rusia para crear el Cuerpo de Guardia del Kremlin. La alegría fue grande. Rubén sabía dejar amigos y conservar esa amistad a través de los años sin tener necesidad para ello de mantener correspondencia.

 De España vengo – repetía Rubén, aunque fue siempre parco en palabras. Ruiz relató detalladamente lo vivido en España: — Estuve bajo el mando de Enrique Líster. Habló del Ebro. Creo que crucé dos veces este río. La última fue retrocediendo y, en retirada, llegué hasta el mismo Pirineo, para engrosar como uno más los campos de concentración que Francia había preparado para acoger al contingente de tropas de la República española.

De allí le sacó el partido comunista francés para retornarle a la Unión Soviética. De este modo, Rubén Ruiz Ibárruri conoció el feo rostro de la derrota.

A pesar de que La Pasionaria dispusiese en la capital soviética de un buen apartamento en la esquina de la plaza Arbat, calle Kalinin, Rubén hacía vida de cuartel.

Ya había alcanzado el grado de teniente del Ejército Rojo, y fue destinado a la famosa división Proletaria, la mejor del país, acuartelada en la capital soviética. El tiempo libre de que disponía, por lo general, lo pasaba en la Casa de Jóvenes Españoles, pues corría el tiempo, habíamos llegado al año 1940 y los niños que llegaron a Rusia hacía tres años, habían crecido.


Unido al padre
Rubén adoraba a su padre, Julián Ruiz, minero vasco, quien en un accidente de trabajo quedó cojo. Julián, ya por aquellos tiempos, se había separado de su esposa.

Cuando padre e hijo se encontraban, y con frecuencia solían hacerlo en la Casa de Jóvenes Españoles de la calle Bolsháya Pirogóvskaya, por ellos hablaban los ojos. Silencio. Silencio y comprensión mutua donde huelgan palabras.

En este mismo internado se educaba su primo Alberto Rejas Ibárruri. Y como nota curiosa cabe señalar que Alberto cambió el orden de sus apellidos, recomendándose siempre con el de Ibárruri, y añadiendo con fingida modestia: — Sí, soy el sobrino de La Pasionaria.

En ese mismo instante los ojos de Rubén perdían el brillo y las articulaciones de sus manos crujían bajo la fuerza de los músculos. Pero nunca comentó nada.

Creo también que el teniente jamás estuvo de acuerdo con el hecho de que su madre abandonase a su esposo.

La orden de Lenin
En junio de 1941 el teniente Rubén Ruiz, al mando de su sección, entró en fuego contra las fuerzas armadas alemanas.

La unidad militar de Rubén operaba en los bosques de Smoliensko. Fue derrotado y,  batiéndose en retirada, el español cayó herido. Mientras tanto, los jóvenes españoles residentes en Moscú esperábamos órdenes para evacuar. Los nazis se acercaban a la capital.

Un día vimos aparecer en nuestra casa a Rubén. Su brazo herido había sido curado en principio, y ahora acudía al Gabinete de Fisioterapia de la Clínica del Kremlin para que, a fuerza de masajes y corrientes eléctricas, comenzase a funcionar. En su pecho lucía ya la primera Orden Lenin (en aquellos momentos, máxima condecoración del país). Le miré, admirado.
 Qué, Rubén, ¿lo pasaste mal?
 De todo hay en la vida, chaval. Los alemanes pegan fuerte. Caí herido. Perdí la unidad y comiendo hierbas y corteza de abedul pasé más de tres semanas hasta alcanzar nuestras líneas.

Su relato fue corto y sin sombra siquiera de jactancia. “Así ocurrió y así lo cuento”, parecían decir sus ojos.
 ¿Y esto? pregunté señalando la orden Lenin.
— Un poco de suerte, nada más.

Su brazo no estaba del todo curado, pero escogió un punto de reclutamiento lejos del centro de la capital, y ante el coronel jefe puso el alta médica.
 Como puede usted apreciar, camarada coronel, puedo regresar a filas  —, dijo Rubén.
El jefe del punto de Reclutamiento función el ceño: No veo nada en claro. Usted, teniente, está aún en tratamiento en la Clínica del Kremlin.
 Tonterías. Fisioterapia. ¿Acaso tenemos tiempo para semejantes pequeñeces? interpuso el teniente, antes de añadir: Fíjese y dio un tremendo puñetazo con el brazo herido sobre la mesa del escritorio del coronel.
 Bien. Tiene usted razón: escoja frente, teniente.

El final
Rubén Ruiz murió en Stalingrado defendiendo esta ciudad. Muchos años más tarde visité la tumba. Me costó bastante trabajo localizarla, pues la hierba en torno a esta había crecido. Yo iba con un grupo de artistas desde Astrakán a Oremburgo.

Leí la lápida: «Rubén Ruiz Ibárruri. Héroe de la Unión soviética a título póstumo. Murió heroicamente defendiendo nuestra ciudad. Descanse en paz.»

Eso era todo. Mucho después oí decir que la tumba de Rubén estaba muy bien cuidada y que su madre fue a verla. Otros cuentan que volvió a reintegrarse herido aún al Ejército porque no podía soportar el drama entre sus padres… No sé. Las lenguas hablan, hablan y no se cansan nunca.

Me he encontrado muchas veces después de su muerte con el padre de Rubén. Julián, el buen viejo, vive solo y duerme con la puerta de su apartamento abierta por las noches. Quizá por si algún día regresa su hijo. ¿Quién sabe? ¡Cosas de la guerra! Quizá por si, inesperadamente, llega la muerte, para que los vecinos que acudan a cerrarle los ojos no se vean obligados a romper la cerradura.