¿Por qué este blog?



«Mi padre me regaló un diario y comencé a escribir mis reflexiones infantiles. Aquella manía de relatar las cosas se transformó en largas cartas que enviaba a mis amigos desde Nueva York, décadas después. Luego me convertí en bibliotecaria. Los libros, las letras, siempre han estado a mi alrededor.
Leer es mi constante, escribir es mi placer».

lunes, 9 de marzo de 2015

De las memorias de Manuel Arce "Memorias de Rusia"




Extraigo aquí diferentes párrafos del libro de memorias de Manuel Arce, un "niño de la guerra" que, como mi padre, fue exiliado a Rusia.

Manuel y mi padre se llevaban algunos años. Pedro tenía 14 y Manuel 8 cuando pisaban por primera vez suelo soviético, si bien estuvieron en «Casas de Niños» españoles diferentes y en distintas ciudades.

En estas memorias Manuel nos cuenta sus experiencias, las penurias que pasó en plena evacuación al empezar la Segunda Guerra Mundial y, aunque su vida nada tuvo que ver con la de mi padre, pues no sufrió la represión estalinista de primera mano, la vida no se portó excesívamente mal con él. Sin embargo, sí hace hinchapié en las barbaridades del sistema y critica abiertamente a los responsables del PCE de la época.


Ante el avance alemán, los internados o «casas de niños» españoles fueron evacuados hacia el Este, a la región del Volga, a los Urales, al Cáucaso y al Asia Central. En Stalingrado, Francisco Peñafiel, Ricardo García, Ángel Belza, Aurora Lavín, Carmen López, Francisca Rueda, Carmen Carrera, María Cruz Cabriada y su hermano Valentín Cabriada y muchos otros, hasta sumar los ciento cincuenta niños de los internados número 2, 12 y 13, evacuados desde las zonas ocupadas, construyeron una vía férrea de 10 kms. para conectar con la línea de Sarátov, por la cual pudieron escapar del cerco miles de personas, antes de que llegaran los alemanes. También participaron estos ciento cincuenta niños en la construcción de un aeródromo militar. Por el trabajo recibían al día un kilo de pan negro, que era su sustento principal. 

La emigración española en Rusia dejó una huella imborrable. En Moscú, en el recinto conmemorativo dedicado a los caídos por Rusia, llamado «Poklónnaya Gorá», se ha levantado un monumento a los españoles que combatieron en el ejército ruso.

Y para concluir , una observación mía personal: que yo sepa, durante la guerra, ni uno de los llamados «dirigentes» del PCE, excepto Rubén, el hijo de la Pasionaria, estuvo en el frente, ni luchó en la guerrilla, ni trabajó catorce horas en una fábrica, ni, por supuesto, murió de hambre.

Pido pedrón a todos aquellos cuyos nombres no han sido incluidos. A todos aquellos españoles que combatieron y murieron en Rusia, luchando contra el nazismo y defendiendo el país que los acogió y compartió con ellos el pan y la sal, les dedico estas páginas.

                                                                      ** Pag. 60**





Existían varios tipos de cartillas, según los colectivos y la dureza del trabajo. las casas de niños españoles tenían un racionamiento superior al de los orfanatos de los propios niños rusos. En un país que acababa de salir de una guerra, con veinte millones de muertos, con las ciudades en ruina y los campos devastados, no había mucho que ofrecer, pero, dentro de lo que había, a los españoles siempre nos dieron lo mejor que tenían, compartieron con nosotros el último trozo de pan.

Por tradición, los españoles siempre hemos sido queridos en aquel país. Fuimos unos privilegiados en los años más duros, y creo que hasta hoy día seguimos siendo los preferidos entre los extranjeros en general. Las atenciones de que fuimos objeto, en todos los campos, eran notorias, como veremos más adelante. Y si podemos quejarnos de alguien, al menos yo, no es de los rusos, sino de muchos de los dirigentes políticos españoles del PCE que estaban, o deberían haber estado, al cargo de nosotros.

                                                                       






                                                              ** Pag. 70**



Los dirigentes del PCE consideraban que no debíamos regresar a España mientras viviera Franco y quien quisiera regresar a la España franquista era tildado de traidor. En 1945, nada más terminar la guerra, hubo una oportunidad, un resquicio de tiempo, en que hubiéramos podido regresar a España, pero la directiva del PCE lo vetó, y sin el visto bueno del PCE los rusos tampoco daban su conformidad.

A partir de la muerte de Stalin, en marzo de 1953, la gente, sobre todo los jóvenes, empezó a moverse. Hasta entonces, todos estos años no había habido correspondencia con España, no llegaban (o no salían) las cartas, no sabíamos nada de nuestras familias, ni ellas de nosotros. Empezaron a llegar cartas de exiliados españoles de Méjico y Argentina, donde algunos de los nuestros tenían familiares. Las cartas y los contactos llegaban a través de las embajadas, a pesar de que tener contacto con una embajada extrajera era peligroso, podías ir a la cárcel por "espionaje", como le sucedió a Pedro Cepeda, quien fue a parar al gulag por contactar con la embajada de argentina e intentar salir del país de forma ilegal.

Aclaro que no fue así, sino que Pedro Cepeda trabajaba como traductor y secretario para la embajada argentina.

                                                                          ** Pag.96 y 97**



1966. Otra vez a España

Entregué la solicitud de regreso a España en la Cruz roja de Moscú, ya que no existía embajada española, y a los tres meses me contestaron positivamente, pero con la condición de tener el permiso previo de entrada en España. Escribí a mis padres anunciándoles mi decisión y ellos solicitaron en la Dirección General de Seguridad el permiso de entrada. Pero en los archivos de la DGS constaba mi condición de prófugo al irme de España a Rusia sin autorización, diez años antes. 

Manuel Arce había vuelto en las primeras repatriaciones del año 1956 y, al ver que España estaba casi en un estado tercermundista, decidió regresar a la URSS para especializarse en medicina sin permiso ninguno.

Me presenté en la Cruz Roja de Moscú y le dije a la señora Kniázeva, encargada de los asuntos de los españoles, que había recibido un telegrama de mis padres donde me comunicaban que tenía concedido el permiso de entrada en España. Me pidió que le enseñara el telegrama y yo empecé a rebuscar en todos los bolsillos. Otro español, Pedro Cepeda, que en aquel momento estaba allí para resolver algún asunto suyo, se dio perfecta cuenta de la maniobra y con toda la naturalidad dijo: «Te lo habrás dejado en mi casa ayer, cuando lo celebramos».

Pedro Cepeda, a quien le deberé toda la vida ese favor, había estado en prisión varios años por intentar escapar de la URSS en la valija de un diplomático argentino. Alguien dio el chivatazo y lo cogieron en la frontera.

Estos datos no son del todo correctos. A mi padre lo detuvieron porque su compañero José Tuñón fue descubierto en el baúl que sí había logrado embarcar en el avión en el que se suponía que embarcaría él también, pero no lo llegó a conseguir por exceso de peso. Tampoco le detuvieron en ninguna frontera, sino que fue arrestado al día siguiente, en las oficinas de Aeroflot, tratando de volver a repetir la huida, en el siguiente vuelo.

No sé si la señora Kniázeva me creyó o no, pero me extendió un documento, una simple cuartilla escrita a máquina, en ruso, sin membrete, con un sello, en la que ponía que Fulano de tal regresaba definitivamente a España. Al entregarme este documento se quedó con mi pasaporte soviético.

Pensé que, si viajaba a España en tren, tendría que solicitar los visados de toso los países de tránsito y además, al llegar a Hendaya corría el riesgo de que no me autorizaran a cruzar la frontera. Decidí viajar en avión, para lo cual tendría que solicitar únicamente el visado de tránsito por Francia, ya que no había vuelo directo. En el Consulado Francés me preguntaron si tenía permiso de entrada de las autoridades españoles, y dije que sí. Cuando me lo pidieron, les dije que las autoridades rusas me lo habían retirado a cambio del permiso de salida. La respuesta no carecía de lógica, los franceses también me creyeron y me estamparon el visado de tránsito por Francia en el anverso del papelito ruso.