¿Por qué este blog?



«Mi padre me regaló un diario y comencé a escribir mis reflexiones infantiles. Aquella manía de relatar las cosas se transformó en largas cartas que enviaba a mis amigos desde Nueva York, décadas después. Luego me convertí en bibliotecaria. Los libros, las letras, siempre han estado a mi alrededor.
Leer es mi constante, escribir es mi placer».

lunes, 2 de marzo de 2015

De Heberto Padilla, Pedro Cepeda, Eugenio Evtushenko y Fidel Castro.

Aquí transcribo el artículo publicado el 18 de enero  de 1987 en Diario 16 por Heberto Padilla. Me ha sido imposible encontrarlo en alguna hemeroteca o en la red, así pues he copiado literalmente lo que él dejó escrito. He aportado las fotos de dicho artículo para dejar así constancia de su veracidad.

Heberto Padilla, escritor cubano que abrazó la Revolución en sus inicios y de la cuál renegó a su vuelta de sus años en la URSS, fue encarcelado por Fidel Castro, en 1971, después de un recital en el que leyó el poemario «Provocaciones», sin importarle las consecuencias que conllevaba.

Fue acusado, junto a su mujer Belkis Cuza Malé, de “actividades subversivas” contra el gobierno cubano. Su encarcelamiento provocó una serie de manifestaciones por todo el mundo con las  protestas de archiconocidos intelectuales de la talla de  Julio Cortázar, Simone de Beauvoir, Marguerite Duras, Carlos Fuentes, Juan Goytisolo, Alberto Moravia, Octavio Paz, Juan Rulfo, Jean-Paul Sartre, Susan Sontag, Mario Vargas Llosa y otros muchos.
Podemos encontrar más información sobre él aquí,  aquí o aquí y que cada uno saque sus propias conclusiones.


Noches de Moscú: Heberto Padilla
(Diario 16, 18 de enero de 1987)

Heberto Padilla (Pinar del Río, Cuba, 1932) el autor de «Fuera de juego», «El hombre junto al mar» y «En mi jardín pasta los héroes», pasó una temporada en Moscú como redactor de «Novedades». Era una época en la que se imaginaba inocente a perpetuidad. Y eran los días del deshielo, cuando Jruschev decide la publicación de una obra de Solzhenistsyn. Pero un refugiado malagueño, Pedro Cepeda, va guiando sus pasos por lo menos visible de la realidad soviética. Otro amigo está a su lado: Evgueni  Evtuchenco. Y lo seguirá estando en los tiempos difíciles, pues ambos parecen compartir esta amarga verdad: «El tirano es el enemigo natural de los poetas. Y no por superioridad. Uno y otro son pequeños facinerosos de la comedia humana.»


En medio del conjunto heterogéneo de integrantes de la redacción de Novedades de Moscú (hispanosoviéticos, rusos, gentes con rasgos visibles de las distintas repúblicas que hablaban español correctamente), el viejo Escalante no era una suerte de abstracción, un pez fuera del agua. Desde septiembre adoptó un atuendo absolutamente invernal que contrastaba con el del resto de los periodistas, que sonreían al verlo subir las escaleras fatigado; pero el viejo llegaba y se integraba al grupo corrigiendo las traducciones que le ponían delante. Al atardecer suspiraba, alzaba los ojos para observar a través de la gruesa ventana de cristal doble por donde se veían los árboles desnudos  en la plaza de Pushkin. Era un hombre de sol que se iba consumiendo a medida que avanzaba el invierno, y cuando la nieve lo cubría todo, yo lo veía atravesar la plaza en dirección al periódico Itsvestia, desde allí una gran máquina negra oficial lo llevaba a su casa. Pensé que toda carrera política culminaba siempre de esa forma a la que un hombre que tuvo poder apenas sobrevive. El cuerpo arropado inclinándose para entrar en el automóvil cobraba un insólito aspecto entre el blanco sudario de la nieve y el color de luto del automóvil, su último vínculo con el poder. Fidel Castro había decretado su extinción. Nunca más se pudo recuperar.


Los enemigos objetivos.

Pedro Cepeda se preparaba diariamente un riguroso itinerario cultural. Me recortaba las noticias más importantes de la Prensa soviética, me señalaba la dirección de la literatura en boga, las críticas a los viejos métodos de Stalin, edulcorados por un tratamiento tan prudente que para Pedro constituían la prueba de que el XX Congreso había sido frenado por los mismos que le dieron nacimiento. En esos días se publicó la primera novela de un rehabilitado político, un profesor de matemáticas sin antecedentes literarios profesionales. Jruschov apoyó en persona la orden de que se editara en la revista Novi Mir, que dirigía Swardovski, un poeta que respetaba casi todo el mundo. Un día en la vida de Iván Denisovich produjo un revuelo en Moscú.

Pedro se entusiasmó con el hermoso escueto y trágico testimonio de quien había soportado la experiencia de los campos de trabajo con que Stalin se obstinara  en «crear la industria soviética». A los opositores descarriados, a los que carecían de «conciencia de clase», a los enemigos objetivos del pueblo se les daba la oportunidad de reivindicarse a través de tareas grandiosas. Se tornaban en combustible generador de fuerzas para «el joven Estado socialista». Alexander Solzhenitsyn daba voz a esos enemigos objetivos del pueblo que recibían el calificativo de los órganos de la seguridad del Estado, los responsables únicos del orden jurídico inmediato e inapelable. Pedro me leyó el libro, dos días después le mostré el artículo que acaba de enviar a Cuba. A Pedro le gustó. «Los cubanos merecen conocer que el pueblo soviético sufrió esta experiencia política como ninguno en el mundo y hay que evitar que esos errores se repitan». También se publicaban los poemas entusiastas con que Eugenio Evtushenko celebraba el curso revolucionario de Cuba.

Había un pequeño café en la calle Arbat, cerca de Smolenskaya Navershna, en el apartamento  que yo ocupaba, y allí nos sentábamos en las oscuras tardes de septiembre. Yo me tomaba una Solianka, una abundante sopa hecha a base de embutidos y carnes, que mis amigos escritores decían que era uno de uno de los platos preferidos de los viejos contrabandistas y mercaderes.

—Oye —me dijo Pedro una tarde—, el viejo cubano que está en la redacción, Escalante, ¿es realmente importante? Yo creo que aquí tiene cierto poder. Todos los días lo recoge un oficial frente a Itsvestia.
Insistía en que le contara de Cuba. «¿Cuál fue el problema de Aníbal Escalante?» Le conté la versión conocida. «Es una situación rara. Tal vez grave.»
—¿Por qué?
— Porque el tío quiso adueñarse de la maquinaria de poder de la misma manera que Stalin; no es un tonto.
— ¿Fusiló a algún amigo de Fidel?
Me eché a reír.
— Oye, tío, en el poder la gente se mata entre sí. ¿No has visto lo que ha ocurrido aquí? Todo lo que ocurre en un lugar puede ocurrir en el otro.




Ehrenburg lee a Machado.

Pero esa tendencia a encontrar paralelismo entre historias y países distintos  era característica del análisis marxista. No le presté demasiada atención. Todo Moscú estaba inundado de tabaco cubano, sobre todo puros que yo compraba en grandes cantidades en tiendecillas de color canela de la calle Arbat, todas ellas enanas y compactas. Arbat era una de las calles que más me gustaban del viejo Moscú; al centro había dos líneas blancas paralelas, intransitables, por donde iban y venían los negros automóviles oficiales, raudos, con visillos negros en las ventanillas. Un funcionario de alto copete en más de una ocasión ordenó al chófer que se detuviera abruptamente para confiarme en secreto viejos antídotos  contra el terror, en medio de las noches en que la Historia comenzó a transformarse para mí en puras pesadillas.
También comprábamos los habanos cerca del apartamento de Ilya Ehrenburg. Le telefoneábamos desde el Hotel Nacional que estaba en los bajos de su estudio y él nos abría anhelante la puerta. Tomaba los tabacos con la emoción de un experto.

— Menos mal que todavía se encuentran —exclamaba—, uno de estos días dejan de llegar y como esta ciudad está llena de curiosos pueden arruinar la cuota de importación en unas horas.


Nos miraba con sus ojos muy azules y gastados, moviendo con una sonrisa no menos gastada el rostro claro sobre cuya frente caían los disparatados cabellos sin orden ni concierto. Ehrenburg se jactaba de captar para el ruso los ritmos del verso castellano clásico. Solo hablábamos en francés, pero él me leía en ruso muy conocidos poemas con rima de Antonio Machado, para que fuera descubriendo en la entonación los instantes preciosos de los movimientos rítmicos del metro sumergido en lo hondo de su versión. A Ehrenburg lo que más le interesaba era la poesía. Toda ella. En prosa fue lacónico y sus libros de ficción no interesaban mucho a los críticos soviéticos, aunque sus ensayos y artículos los deslumbraban. El viejo era dueño de un estilo que solo Chéjov —y sus maestros— lograron dominar en ruso. En esos días estaba escribiendo sus memorias.
Los libros de memorias tenían que ser libros ríos, que fueran creciendo cada año. Solo en la vejez se podía recordar perfiles, rasgos de personas, años, gentes que antes no alcanzaban a cobrar una dimensión verdadera.

Pedro sentía simpatía por Ilyá Ehrenburg. Lo consideraba uno de los intelectuales soviéticos que había aprobado menos y había logrado más; solo la gran pericia de un auténtico fondo moral podía hacer posible casos como el suyo. «Yo quisiera escribir un libro de memorias algún día», me dijo pensativo Pedro, calle Gorki abajo.
— ¿Por qué no lo haces?
— Tal vez necesito la plena vez, como dice Ehrenburg.
— Pero te sobran  experiencias —le dije.
—¿Te gustaría a ti hacer lo mismo?
— No lo sé.
— Haz un diario de todo lo que vivas. Tienes el privilegio de estar viviendo un proceso radical en Cuba.
— Los libros sobre procesos radicales los escriben los extranjeros. Los que apenas pueden recordarlos. Ni lo desean.
— Pero mi libro no podría ser tan preciso en su cronología como dice Ehrenburg. ¿Cómo lo empezarías tú, por ejemplo?
— Bueno, tal vez como Pío Baroja, pero cambiando un tiempo; en vez de «Yo he nacido en el país vasco…etcétera» escribiría: «Nací en Pinar del Río, Cuba…etcétera».

¡Esas eran actas de nacimiento! El suyo elegiría el día verdadero en que se nace, el momento más crucial de la existencia, lo trataría de recordar bien y después haría como en ciertos tapices de las repúblicas de Asia Central, paneles abigarrados donde se acumulan figuras, estaciones de trenes, caballos, caminos, árboles y casas y castillos, en donde el verdadero discurso no es lineal, sino cargado de múltiples bifurcaciones como su propia vida. ¡Inolvidable Pedro Cepeda Sánchez!

Sonreía melancólicamente y toda su figura se hacía más tremante y sus ojos daban la impresión de que perdían color, detrás de las gafas anticuadas; calvo él, con arrugas prematuras en exceso para sus años, que no pasaban de cincuenta. Me propuso que nos adentráramos más en el corazón de Moscú. Y lo hicimos, en barrios de extramuros, con callejuelas apenas iluminadas. Nunca he sentido más interesante la presencia de los seres humanos que entre aquellos rusos que deambulaban por calles de hielo y se detenían frente a un pequeño mercado, que allí llaman «gastronom», y se hacían la señal de dividir en dos partes la botella. La compraban en la sección de licores y la abrían y se la empinaban allí mismo, cofrades en el pago y en el disfrute. Después se abrazaban y se alejaban dando tumbos.


Hemingway y La Pasionaria.

Un día, al pasar por la Plaza roja, me dijo Pedro: «Ahí tienes los verdaderos monumentos de esta ciudad». Señaló hacia el mausoleo donde está preservado Lenin y hacia los viejos cuarteles de la cárcel de Lubianka, donde la KGB practicaba con seres humanos el rigor de la verdadera educación comunista.

—Una de las últimas pirámides del mundo. Un faraón de la clase obrera y un templo donde se educan sus guardianes.
Lo dijo como si estuviera dándome el consejo más serio de su vida.
— Ahí en ese templo nací yo realmente. No en Málaga. Ahí. Ese será el comienzo de mi libro.
Y tomó en serio el proyecto. Empezó a escribirlo y me pregunto si su esposa conserva aún aquellas páginas manuscritas  que recogían, con dramática simultaneidad, el conjunto de instantes que llenaban su mundo, igual que en los tapices de Asia Central que él admiraba.
— Tú eres mucho más joven que yo. Te aconsejo que pienses en términos de experiencia. La literatura es una evaluación moral de la vida.
— Pero esa evaluación la hacen casi siempre los extranjeros, Pedro. Toma la Guerra civil española. Baroja no pudo contar lo que vivió, ni Unamuno, ni los más jóvenes. No existe una novelística de guerra civil. Pero están los libros de André Malraux y de Ernest Hemingway.
— Tal vez tengas razón en eso. A mí Malraux no me interesa, pero me gustan las novelas de Hemingway; no han sido publicadas en ruso porque el Partido Comunista Español las considera un libelo contra los dirigentes. Pero el manuscrito ruso está listo esperando que muera Dolores Ibárruri, la que se opone con más insistencia. Salvo ¿Por quién doblan las campanas? Aquí está publicada toda la obra de Hemingway. ¿Lo conoces?

Lo había visto por última vez, dos años antes en Cuba, precisamente a su regreso de España, acompañado de Antonio Ordóñez. Guardaba la foto de su llegada donde estoy junto a él y Ordóñez. Llegaba entusiasmado por vivir la revolución. Besó la bandera cubana en el aeropuerto y cuando el fotógrafo le pidió que repitiera la escena se ofendió de que se le propusiera repetir un gesto de sinceridad. Todo eso lo puse en la entrevista. Hemingway se dolía de la indiferencia norteamericana hacia lo que empezaba a producirse en Cuba.
Pedro exclamó entusiasmado que yo había conocido a mucha gente y que no debía olvidar los detalles. Las cosas se desvanecían con los años.

— Cuéntame de otras gentes y lugares que conozcas. Yo no he visto durante años más que esta nieve. Estoy harto.
— También conocí a Pablo Neruda. Estuvo en Cuba, hace dos años, pero yo lo vi antes en París. Estaba muy inquieto por los rumores de la escasez de productos que estaba sufriendo Cuba.
—Aquí está publicado todo Neruda.
Y le ponen rima consonante a sus poemas. —Sonrió y dijo que son dos tradiciones literarias distintas. Le pregunté a qué sonaba la poesía de Neruda en rusa: «A Zorrilla, pero un Zorrilla más ampuloso».


La crisis de los cohetes.

Juan Arcocha me llamó desde Cuba anunciándome su llegada inminente. Desde que tuvo acceso a la puerta de salida me dijo:«En Cuba la situación está que arde. Se teme lo peor. Se afirma internacionalmente, en todas las partes que hay instalaciones de cohetes nucleares en Cuba. Se han publicado fotos hechas por Estados Unidos. En el periódico no sabemos nada, niegan sistemáticamente la situación.
— ¿Y tú qué crees?
— ¿Qué voy a pensar?

Dos días después la radio moscovita difundía la noticia de que Estados Unidos había ordenado el bloqueo naval de Cuba hasta que no fuesen desmantelados los cohetes. Fueron horas tensas para la ciudad, la gente se detenía en las calles para escuchar el documento oficial soviético que era repetido frecuentemente. Al fin fue anunciada la noticia del acuerdo entre Kennedy Y Jruschov. En la redacción de Novedades de Moscú, Aníbal Escalante, tan a la expectativa como el resto de los demás, alzó súbitamente la cabeza al oír la noticia: «Eso es política. La humillación no importa. Lo que importa es que Cuba está ahí.»

De la isla llegaban informes confusos. Nuestra Embajada ignoraba la respuesta cubana, mucho más el tipo de acuerdo a que habían llegado Kennedy y Jruschov, pero la recepción de otro aniversario de la Revolución Rusa no dejó de celebrarse. Juan Arcorcha y yo asistimos conjuntamente con dos periodistas italianos.  Todos estábamos al tanto del brindis, pero Jruschov fue lacónico al referirse a los sucesos de Cuba. «Los cubanos no quieren creer en la palabra del presidente de los Estados Unidos. Pero hay que creer en la palabra del presidente. Y la palabra se cumplió. Cuba y Fidel Castro continúan allí desde hace muchos años».

A partir de la Crisis de Octubre empecé a percatarme oscuramente de cómo trabaja en el organismo humano la falta de información. A partir de ese instante empecé a moverme a tientas. El comunicativo y cordial Eddy Suñol, agregado militar cubano en la URSS, que compartía con Rudel Zaldívar y más conmigo hasta sus preocupaciones  más íntimas, se sumió en un silencio inescrutable.

La Embajada se convirtió en una especie de caserón habitado por náufragos. Naufragio era en el término que se me ocurría. Aquella sensación de naufragio que Ortega y Gasset colocaba en el centro de la existencia humana, en el súbito pavor de que al abrir la puerta nos encontráramos  una mañana con la que la calle no está, ese descubrir paso a paso que en épocas de gran pasión el intelectual tiene que callarse o mentir, la evidencia de que el espíritu servil se hace en los tiempos de las revoluciones. Cruioso cómo se hacía palmaria una formulación tan discutible.

Al fin llegó Evtushenko. Traía noticias de Cuba, y muchos poemas de heroísmo.  Me pidió escribiera algo para este fin de año: «Lo quiero traducir y publicar en Pravda.» Yo estaba de ir a Helsinki a pasar las navidades. Quería comentar con amigos cubanos de Occidente lo que había ocurrido. Evtushenko, intentaba calmarme. «No ha ocurrido nada. Cuba está ahí. Si fuera cubano escribiría un poema subscribiendo los cinco puntos del gobierno cubano para cualquier negociación, son puntos que no ponen en duda su soberanía. Yo escribiría: «son cinco puntos, cinco puntos en alto», y recitaba como recitan los poetas rusos.

Escribí el poema y decidí irme a Helsinki en tren. Eugenio tenía un pie tan grande que me rogó que buscara en toda Finlandia un par de zapatos, el número más grande que existiera. Le compré un treinta y ocho, los más grandes que había en las tiendas de Helsinki. Eran dos afilados tiburones negros que ocuparon un espacio enorme en mi equipaje, pero no le sirvieron. Mi poema se publicó un 31 de diciembre en Pravda, pero Evtushenko  desapareció del ámbito moscovita. Como habíamos participado juntos en varios recitales, la gente me reconocía y me preguntaba por él en cualquier sitio. Decidí ir hasta su apartamento y subí las escaleras sin llamar. Lo encontré tumbado en una cama. Su esposa Gala me explicó que la publicación en Francia de su libro Autobiografía precoz había enfurecido a los burócratas. Lo habían atacado ferozmente en una reunión de la Asociación de Escritores en la que estuvo presente.


El hermano ruso.

Entre las muchas personas que conocí en la Unión soviética, Eugenio Evtushenko me trató con una amistad que no puedo olvidar. Y cuando comenzaron mis dificultades en Cuba me envió un cablegrama felicitándome por el Premio de la Unión de Escritores, obviando el escándalo: «Son verdades amargas, pero las verdades amargas son también verdades. Te abraza tu hermano ruso, Eugenio Evtushenko», y cuando fui encarcelado y se produjo la clásica ceremonia de autodegradación que contentó durante algunas horas a Fidel Castro, fue él uno de los amigos que me apoyó moralmente, me escribió una larga carta: «Ser herido no significa ser matado. Muchos dicen que estás en una granja o en una cooperativa, pero quiero decirte que siempre he admirado tu poesía. Y quiero oír de nuevo los cascos de hierro de los caballos de tu poesía.» Y por ahí seguía.

Pasamos muchas horas en Moscú conversando siempre de literatura. Quería explicarme las causas por las cuales cierta poesía que en Occidente aparece como moderna lo es menos en Rusia. Me daba ejemplos de grandes contemporáneos en lengua rusa, pero me parecían demasiado anecdóticos y descriptivos. Las imágenes eran excesivamente primarias, casi todos los poemas estaban basados en efectos símiles o analogías rudas, inmediatas. Pero aprendí de él a desconfiar del orientalismo estético que consiste en la abundancia de abstracciones que ahogan  la fuerza del poema. Eugenio amaba la rima y creía que era una falta de los occidentales el no haber insistido en conservarla, la música era un atributo consustancial a la poesía.

En el breve periodo de sus dificultades tuvimos una experiencia decisiva que no puedo olvidar. Coincidió ese tiempo con la visita de Fidel Castro a Moscú. Una de las cosas de que se acusaba a Eugenio era de jactarse de su amistad con el comandante cubano. Eugenio y yo creímos que un efusivo encuentro con Fidel podía resolver sus dificultades. Los burócratas del Partido Comunista son instantáneas poleas de transmisión que ponen al corriente a sus jefes de todo cuanto ocurre. Nos fuimos al hotel del partido, situado en un ángulo de la calle Arbat, muy cerca de mi casa. Fidel estaba en el centro del sofá, en medio del salón central, rodeado de funcionarios cubanos y soviéticos. Nos acercamos al grupo donde se encontraba Fidel. Le oímos perfectamente, aunque su voz sonaba ronca.

—¿Dicen que aquí se está hospedando Henry Winston?
Uno de los funcionarios se dirigió a la carpeta y regresó de inmediato.
—Sí, mi comandante —dijo—- Ya está durmiendo. Como está tan viejo y enfermo, pues apenas sale de su habitación. Hasta come en ella, con ayuda de una enfermera.


Hola, poeta.

Henry Winston, el negro y viejo militante del Partido comunista norteamericano, totalmente ciego, se encontraba alojado en el hotel del partido donde basta la autorización oficial para obtener todos los servicios necesarios. Fidel le dijo que la salud se quebraría si aceptaba la invitación a tomarse aquella gigantesca copa de coñac. Volvió a preguntar por Henry Winston. Le dieron la misma respuesta. Pero él hacía como que no la escuchaba. A la tercera pregunta, cinco minutos después, bajaba las escaleras del dirigente comunista, tanteando, en pijama.

— Fidel —dijo Henry Winston extendiendo la mano—, It’s a great honor. —Y repetía las palabras con emoción. Pero a los pocos minutos de haberle hecho las mismas preguntas, y sin prestarle mucha atención a sus respuestas, Fidel se desinteresó del viejo militante en pijama, sentado al borde de la butaca, volviendo la cabeza en dirección a la voz. Lo convirtió en un oyente más, en un miembro incidental de su séquito. Se dedicó a bromear con el dirigente georgiano que insistía en brindar por su salud. Lo obligaba a que bebiera la copa que le ofrecía y la suya propia, de modo que al poco rato el intérprete trataba de buscar la huella de un vocablo en el que no era sino un balbuceo de alcohólico a punto de caer rendido. La comitiva cubana no ocultaba su alegría. El georgiano bebía una copa tras otra pugnando por articular brindis en honor del comandante. Fidel gozaba  la escena ya sin atender a Henry Winston. Las carcajadas aumentaban en el salón, los funcionarios e intérpretes se sumaban al coro como por disciplina. Henry Winston trataba de esbozar una sonrisa, pero quedaba a medio camino entre el esfuerzo y la fatiga. Cuando bajó un poco el estruendo, dijo en voz baja: «Estoy cansado, Fidel. Estoy viejo y enfermo. Permítame que me retire.»

El comandante continuaba riendo y dos funcionarios condujeron a Winston escaleras arriba. Fue en este instante que Castro alzó sus ojos en dirección nuestra. Un instante apenas perceptible, un simple parpadeo sin dirección. Se dirigió a Evtushenko. No dijo más que esto:
— Hola, poeta. ¿Cómo estás?

Creo que en ese momento debimos de descubrir la clase de objetos que éramos. Pequeños animales históricos que alguien superior a nosotros sabía cómo zarandear. Confío en que Eugenio recuerde que nuestras conclusiones no fueron insensatas. El camino de la política y de la poesía es siempre crucial, solo se encuentra en las encrucijadas, difícilmente pueden reconciliarse. El tirano es el enemigo natural de los poetas. Y no por superioridad. Uno y otro son pequeños facinerosos de la comedia humana.

El hotel del partido está situado a pocos metros de la calle Arbat, una de las más viejas de Moscú. Esa noche había dejado de nevar y toda la calle era blancura. Un día Eugenio contará mejor que yo aquel momento, me veo ahora caminando hacia un café cercano, tiritando de frío, junto al poeta que era exponente para mí de la nueva Unión Soviética. Ante mí no se alzaba todavía ningún peligro. Estaba tan seguro de que jamás podrían aparecer en mi camino que sentía una solidaridad superior hacia mi amigo. Quien sufría auténticamente era él.